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Soy de Mar

Lunes, 13 de junio de 2005

¿Y qué sé yo de Walt Whitman? ¿Qué se yo de León Felipe?

¿Y qué sé yo de Walt Whitman? ¿Qué se yo de León Felipe?
Repasando un comentario que “La chica del Blog de la caja” me había dejado a cerca de la frase que pongo en el margen derecho de éste Blog (que seguro que eso tiene un nombre, pero yo ni idea…), me he preguntado justamente eso…. ¿Qué se yo?
He pensado…. Seguro que me equivoco y efectivamente la frase no es de León Felipe, pero como ésta mujer es tan discretita y tan prudente pues no me corrige sino que se instala en el margen de la duda (que seguro no tiene) y me deja en mi error por no contrariarme… no sé.
A ver, el otro día rescaté del olvido mi cuadernillo en el que hace tiempo que ya no escribo aquellas frases que me gustaban de los libros que leía, y allí estaba ésta. Rescataré el libro del que la saqué y veré de quién es realmente…. Por dentro pensaba “seguro que ella no se equivoca, seguro que no, pero recuerdo perfectamente el libro y recuerdo que era negro, finito y en la portada ponía León Felipe, recuerdo quién me lo regaló… lo tengo que encontrar, lo tengo que encontrar ¡Lo encuentro!”

Este libro es especial par mí, me lo regaló una persona que se despedía de mí, de la ciudad y de un trabajo de veinte años. Fuimos a comer tres adolescentes con ella y nos regaló un libro a cada una. Un libro que escogió de manera individual, un libro del que si supiese que ahora escribo, estoy segura que sonreiría.
Me lo regaló la hermana Á, directora de un colegio de monjas en el que mis padres me metieron durante tres años, en un época (una de tantas) en las que ya no sabían qué hacer conmigo. La hermana Á, que entre otras muchas cosas era profesora de lengua y literatura.
La hermana Á me enseñó muchas cosas pero la más importante fue la de saber lo que es dar la cara por la gente, aunque en apariencia no merezcan la pena...

Cumplí los 17 el primer año que mis padres me obligaron a ir con las monjas. Ya venía rebotada de dos sitios distintos y repetía curso por segunda vez. Las monjas (en general) me quitaron muchas cosas (y también las ganas de seguir repitiendo, aunque aún lo hice otra vez más) y la hermana Á, fue la única que rompió una lanza en mi favor, una y otra vez, una y otra lanza. Es más, soy parte de la que hoy os escribe gracias a ella. Llegué al colegio venida de un instituto, altiva, prepotente y como hasta entonces “significándome” a cada momento… (esto también me lo “quitaron” las monjas”, desde entonces cambié mucho y aprendí lo que es saberse retraída por primera vez en mi vida).
A la primera semana de curso ya estaba ante la directora, la temida y odiada hermana Á. Había sido mandada por cualquiera de los profesores, porque ninguno de ellos se privó de mandarme ante ella para que ejerciese la autoridad que le correspondía, en forma de castigo. Era matemático, me echaban de clase y sobre la marcha, a la directora sin pasar antes por la tutora como era habitual con el resto de las niñas. Pero, para desánimo del profesorado y del resto de las monjas (salvo la portera que me adoraba y no medaba clases, claro) me llevé bien con ella desde el primer día.
La hermana Á, me llamaba la atención, claro está, pero siempre estuvo a mi lado, defendiéndome en los momentos verdaderamente difíciles, me entendía, me apoyaba, me respetaba como persona y siempre me intentó hacer ver de una forma auténtica lo que consideraba que era mejor para mí.
Como ya por aquél entonces mi madre estaba enferma, decidí introducir (con todo mi pesar) a mi padre en las reuniones-reprimendas del profesorado, y dejar a mi madre de lado en lo que en casa y hasta entonces siempre le había correspondido a ella. Para mí, que viniese mi padre por primera vez (a algo en lo que él no se manejaba y que le resultaba tremendamente desalentador y diría que casi humillante) a una reunión con la tutora, fue casi como la primera vez que recuerdo verle llorar…algo por lo que no quería verle pasar, una vergüenza gratuita que por mi simple antojo de niña mimada, rebelde y posiblemente estúpida, ahora tenía que verle inmiscuido. Mi primera reunión entre la tutora y mi padre, hizo mella en el colegio, era la primera vez (en la historia del colegio) que se reunían TODOS los profesores que daban clase a una alumna, desde la monja de religión, hasta la profesora de gimnasia (porque me negaba a cambiarme delante de todas las niñas, por rotundo pudor) pasando por el resto de las asignaturas del curso. La hermana Á fue la única que me valoró y fue capaz de desdramatizarle la situación a un padre absolutamente perdido y desconcertado. Tu hija es muy buena persona, le dijo, aunque es evidente que no estudia y que es una enreda, lo que importa es que tiene muy buena condición, así que no te preocupes más, entre todos y yo personalmente nos encargaremos de intentar que mejore en los estudios porque tiene capacidad de sobra. Yo, que también estaba allí, entre aquél tribunal de la inquisición en el que se me juzgaba y se avergonzaba a mi padre, recuerdo perfectamente las caras de contrariedad de todos los profesores, que no daban crédito al mensaje alentador de de la directora.
Los tres dos tres años que allí estuve, no dejé de pasar por esas rutinarias “reprimendas” con la directora, pero la vi enfrentarse en muchas ocasiones a todos los profesores, la vi discutir y tener auténticos problemas (en concreto con la directora de EGB, también monja, que me odiaba manifiestamente) a causa mía y ya nunca volvieron a reunirse el cónclave de todos los profesores .Me reñía por que fumaba en los recreos, pero fuera de horario escolar (en teatro), me dejó en más de una ocasión fumar delante de ella, siempre que se lo pedía. También porque no estudiaba o porque llegaba tarde o faltaba a clases, porque hablaba en todas las asignaturas o porque no me traía los libros. Pero estimulaba en mí la afición por la lectura aunque le aberraban mis faltas de ortografía y muchas cosas más que quedaban entre ella y yo, pero recuerdo especialmente que cada vez que me tocaba “visitarla a la fuerza” como máximo exponente de autoridad, aparte de santiguarse, lo segundo que hacía era reírse…se reía mucho conmigo, nos reíamos mucho las dos.
El día antes de irse a su ciudad natal (era del norte) era el día de recogida de las notas de septiembre. A mí no me dio las notas mi tutora como al resto de mis compañeras, yo tuve que esperar hasta las tres de la tarde en que ella terminase de hablar con todos los padres que la reclamaban (era la directora de BUP entero, claro) para que me las diese la hermana Á. Me dijo que había suspendido tres asignaturas, así que no podía pasar de curso, me dijo también que era consciente de que si “tripitía” segundo de BUP, posiblemente abandonase los estudios, y ella tenía que abandonar el colegio, la ciudad entera… así que hizo un pacto conmigo, me dijo que haría que me aprobasen una asignatura a condición de que dejase el colegio (nadie debía saber de esto). Y así fue, me aprobó (con muchas pegas de la profesora de inglés que se negaba en rotundo) y me fui al instituto nocturno. Aquel año en que me regaló el libro yo cumpliría los 20. Comimos juntas, dos alumnas ella y yo y me hizo ese “otro” regalo, el material, el libro. Después de tantos años dando clases a cientos de niñas, hoy solo come con tres, recuerdo que no lo entendí entonces y tampoco soy capaz de hacerlo ahora.
Nos escribimos durante varios años, lo último que le dije era que me había matriculado de la carrera y hoy soy capaz de adivinar la cara de satisfacción que pudo poner al leerme… ella siempre me hizo ver que yo valía la pena.
No supe más, perdí su dirección y no sé siquiera si vive o no porque ya era mayor. Aún me acuerdo de ella con nostalgia, gratitud y una profunda admiración.
Hoy he rescatado su libro, y sí, es una “Paráfrasis de León Felipe al canto a mí mismo de Walt Whitman”, estaba equivocada.


Por: Myu | General | Comentarios (0) | Referencias (0)

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Quizás esté escondido en algún rincón. Quizás haya emprendido un largo viaje y se haya olvidado de regresar. Pero enamorarse, al fin y al cabo, no tiene ninguna lógica. A lo mejor, de repente, el deseo aparece de la nada y te atrapa. Mañana mismo. Sumire apartó la mirada del cielo y la clavó en mi rostro. –¿Como un tornado a través de la llanura? –Si quieres llamarlo así. Por unos instantes, ella imaginó un tornado a través de la llanura. –Por cierto, ¿has visto alguna vez un auténtico tornado a través de la llanura? –Nunca –contesté–. En Musashino no suelen verse tornados en vivo (y debería añadir que es de agradecer). Aproximadamente medio año después, mis predicciones se cumplieron y Sumire se enamoró de forma fulminante, sin lógica alguna y con la furia de un tornado a través de la llanura. Se enamoró de una mujer casada diecisiete años mayor. De “Sputnik, mi amor”.

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